Iniciar una travesía sin fijar un destino adonde llegar puede sonar un poco confuso, pero hay lugares en los que uno
percibe que no es necesario llegar a ningún destino para que el viaje tenga sentido. Quizá, porque la aventura es la
travesía misma.
Alistamos el kayak y la tabla de windsurf, chequeamos el equipo de seguridad, cargamos las cámaras y nos
apresuramos a salir. Navegábamos a un par de millas de la línea costera, cuando el viento comenzó a soplar con
mayor intensidad. |
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Intentaba mantener un ritmo parejo cuando observé una manada de lobos marinos que se habían
apostado en un islote a metros del mar. Seguramente, habían llegado ahí con la marea alta, y ahora tomaban sol, sin
ninguna prisa por arrojarse al mar. Cuando creía que los estaba observando desde lejos, me sorprendió una mirada
curiosa que, a centímetros de mi kayak, no dejaba de observarme. Entre chapuzones inquietos, que daban toda la
impresión de ser un juego, por momentos asomaba del agua y detenía su mirada, mostrando toda su expresividad.
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Se sumergió y, apenas un instante después, un grupo de lobos se acercaron despojados de toda timidez, decididos
a seguirnos. De repente la tabla de Fede se encontró rodeada de miradas curiosas que lo acompañaban.
Volqué mi kayak y me sumergí con la cámara. Uno de ellos se detuvo frente a mí, observándome detenidamente.
Me apresuré a sacarle una foto, retratando la curiosidad de su rostro. Todavía quedaban algunas horas de luz y mucho
por remar. |
Apenas habíamos empezado a recorrer la península y, sin ninguna duda, nos sentíamos huéspedes, con
anfitriones que no desperdiciaban oportunidad de hacernos sentir acompañados. |
Participantes de la Travesía: Federico Ezcurra y Daniel Wagner |
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